
La curiosidad no se pierde de un día para otro. Se apaga poco a poco, cada vez que elegimos la respuesta que ya conocemos en lugar de la pregunta que nos incomoda. En coaching lo vemos constantemente: personas muy capaces que han dejado de hacerse preguntas sobre su propio trabajo, su propia vida.
El primer síntoma no es la apatía, es la certeza. Cuando notamos que respondemos antes de terminar de escuchar, es una señal de que el músculo de la curiosidad lleva tiempo sin entrenarse.
Recuperarlo no requiere grandes cambios: basta con reintroducir, de forma deliberada, preguntas sin respuesta preparada en las conversaciones que ya tenemos cada semana. La curiosidad, como cualquier músculo, responde al uso constante, no a los gestos puntuales.
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